
Jesús, cuando exhale mi último aliento, que estés en mi mente y en mi corazón.
Amén.
En qué consiste: "Memento mori" es una expresión latina que significa «recuerda que morirás». Lejos de ser una idea sombría o aterradora, esta antigua práctica cristiana es un acto de confianza: una forma de ponernos, cada día, en las manos del Dios que nos creó y nos ama. Esta oración es lo suficientemente breve como para memorizarla en un instante, y lo suficientemente profunda como para acompañarnos toda la vida.
Qué efecto produce: Evita, con suavidad, que la muerte se convierta en algo de lo que huimos. Cuando la rezamos con regularidad, comenzamos a vivir de manera diferente: con más gratitud, menos ansiedad y una noción más clara de lo que verdaderamente importa.
Cuándo rezarla: Por la mañana, como parte de la rutina diaria de oración. Junto a la cama de alguien gravemente enfermo. En familia —quizás después de la oración de bendición de los alimentos —, especialmente en los tiempos litúrgicos de Adviento o Cuaresma. En cualquier momento en que se sienta atemorizado ante lo que el futuro te depara.
¡Oh Glorioso San José! Te escojo a ti hoy para que seas mi patrón especial en la vida y en la hora de mi muerte. Preserva y aumenta en mí el espíritu de la oración y fervor para el servicio de Dios.
Remueve lejos de mí todo tipo de pecado;
concede que mi muerte no sea sin aviso, sino que tenga tiempo para confesar mis pecados sacramentalmente y para lamentarme por ellos con el más perfecto entendimiento y la más sincera y perfecta contrición y así pueda exhalar el último aliento de mi alma en las manos de Jesús y de María.
Amén.
En qué consiste: San José es el patrono de la buena muerte, pues —según la tradición— falleció rodeado por Jesús y María. Es un modelo de fidelidad silenciosa: un hombre que escuchó a Dios protegió a aquellos que le fueron confiados y se mantuvo en segundo plano para que otros pudieran florecer. Esta oración le pide que interceda por nosotros de la misma manera.
Qué efecto produce: No pide una muerte sin dolor, sino una muerte preparada; una muerte que nos encuentre reconciliados con Dios y con aquellos a quienes amamos. Es una oración de humildad y confianza, que pone la hora de nuestra muerte en las manos de Dios, en lugar de en las nuestras.
Cuando rezarla: Cuando un familiar recibe un diagnóstico grave. Cuando alguien se prepara para una cirugía. Durante el mes de marzo (el mes tradicional de San José en la Iglesia). Como parte del Rosario o de una noche de oración familiar. Junto a la cama de alguien que se encuentra en sus últimos días.
Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de aquellos que mueren en pecado mortal!
Bienaventurados a los que encontrará en tu santísima voluntad porque la muerte segunda no les hará mal. Alaben y bendigan a mi Señor y denle gracias y sírvanle con gran humildad.
En qué consiste: San Francisco de Asís escribió su famoso "Cántico de las criaturas" —alabando a Dios a través del hermano Sol, la hermana Luna, el hermano Viento y la hermana Agua— mientras él mismo se encontraba gravemente enfermo y casi ciego. Añadió esta estrofa final sobre la muerte, llamándola "hermana a la Muerte corporal". Es una de las reflexiones más extraordinarias jamás escritas sobre el acto de morir: no es un lamento, sino un canto de alabanza.
Qué efecto produce: Nos invita a ver la muerte no como un enemigo al que hay que derrotar o un problema que resolver, sino como parte de la creación de Dios; algo que debe ser recibido —en el tiempo de Dios— con las manos abiertas. Para San Francisco, morir bien era, sencillamente, el verso final de una vida vivida en alabanza a Dios.
Cuando rezarla: Cuando el miedo a la muerte (la propia o la de un ser querido) resulte abrumadora. Cuando el final de la vida se aproxima y surge la necesidad de paz en lugar de pánico. Durante el Día de los Difuntos o en un funeral. Como oración familiar cuando se ha perdido a un ser querido.
Toma, Señor, y recibe mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo lo que tengo y poseo.
Tú me lo diste, a Ti, Señor, lo torno; todo es tuyo;
dispón de ello conforme a tu voluntad. Dame tu amor y gracia, que esto me basta..
En qué consiste: Esta oración, conocida como el "Suscipe", proviene de los "Ejercicios Espirituales" de San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas. Es una oración de entrega total: de poner todo lo que somos y todo lo que tenemos de nuevo en las manos de Dios.
Qué efecto produce: Aborda uno de los miedos más profundos que existen por lo cual le pedimos a un médico la muerte asistida: el miedo a perder el control. Esta oración no niega ese miedo; lo transforma en un acto de amor. Aquello que entregamos a Dios no lo perdemos; lo devolvemos al Creador que nos lo dio.
Cuando rezarla: Cuando un familiar se enfrenta a la pérdida de su independencia o de sus capacidades físicas. Cuando alguien lucha por aceptar un diagnóstico terminal. Cuando alguien que está cuidando a un ser querido siente el peso de decisiones que está fuera de su control. Como oración personal en momentos de ansiedad ante el futuro.
Nada te turbe, nada te espante todo se pasa. Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene nada le falta sólo Dios basta.
En qué consiste: Este breve poema fue hallado escrito en un marcapáginas dentro del breviario de Santa Teresa de Ávila tras su muerte. Ella fue una de las más grandes místicas en la historia de la Iglesia; una mujer que fundó comunidades reformó una orden religiosa y afrontó su propia muerte con una paz extraordinaria. Estas siete líneas encierran la sabiduría concentrada de toda una vida.
Qué efecto produce: Es una oración para los momentos de miedo y turbulencia; las últimas semanas y días de la vida de un ser querido suelen ser, precisamente, eso. No promete que no vayan a ocurrir cosas difíciles. Promete algo mejor: que Dios no cambia, y que eso basta.
Cuando rezarla: Junto a la cama de alguien que siente miedo. Cuando una familia se siente abrumada por las decisiones médicas. Como un canto diario para los que cuidan a una persona enferma. Para que los niños la memoricen como su primera oración sobre la muerte y la confianza. Para que sea escrita en un papel y guardada en la cartera, o billetera o colocada en el refrigerador.